Literatura Relato

Fantasma sin límites

Fantasma sin límites

Jorge Millán

Hay un faro que me rescata de la violenta marea,
un halo luminoso que indica al barco de mi alma,
con fulgor etéreo entre la penumbra,
el rumbo para salvarse del oleaje que lo golpea.

La fuente de su brillo representa su esencia,
un aura cálida que ahuyenta a los monstruos marinos
y a cualquier demonio que pretenda dictar sentencia.
Así, mi espíritu está blindado ante lo maligno
y resplandece incluso en la más profusa oscuridad.

En memoria de Lilia Nieto

Los recuerdos que tengo de mamá son como agua en movimiento: imágenes ondulantes fuera de foco, escenas borrosas o imperceptibles en su totalidad para mi exigua memoria; más ahora que la retención de experiencias me resulta un verdadero reto cognitivo. Esta situación me produce un malestar recurrente debido a la imposibilidad psicológica de aprehender el recuerdo de un ser querido, pero que a su vez ha sido determinada por su temprana partida a mis cortos 11 años, y que se manifiesta como una huella imborrable del lacerado espíritu de quien escribe estas líneas.

Supongo que esta es una de las principales razones por las que he optado inconscientemente hacer que aparezca en mis sueños, encuentros oníricos llenos de simbolismo que al despertar dejan un efecto ambivalente, diríase un sabor agridulce por la naturaleza ambigua del acercamiento. Sin embrago, el efecto bilateral producido siempre es el mismo: por un lado, el goce emocional de estar en el mismo plano ilusorio e irreal de la figura materna que culmina con la sublimación sensorial, y a consecuencia de ésta, como juego de contrastes, la sensación de vacío existencial que genera en su etapa post-catarsis; una dinámica espiritual que, puedo decirles, deja la conciencia a la deriva.

La experimentación de estos sucesos oníricos me ha trasportado a un plano intermedio entre lo real y lo imaginario, es decir, vivo con la constante inquietud de saber si lo que percibo en mi entorno inmediato es parte de la realidad o producto de mi vínculo orgánico con el mundo alucinante, pues lo acontecido en ambos esquemas se mezclan para dar lugar a una interacción aleatoria de experiencias humanas. A su vez, esta cuestión ha dado pie a un nuevo tipo de cotidianidad, concretamente en lo concerniente a los códigos de interacción social; en los últimos años he optado por un comportamiento retraído, ensimismado y evitando constantemente las pláticas banales ya que me resultan intrascendentes.

El lector de este relato podría percibir estos párrafos introductorios como el discurso apológico a mi egocentrismo, pero continuando la lectura entenderá que es un preámbulo fundamental para dimensionar un todo increíble y revelador. El punto de partida de esta narración se remonta a mis años de estudiante de bachillerato, etapa en la que transitaba entre la incertidumbre escolar con asignaturas aprobadas a tumbos, los partidos de futbol con los equipos de la escuela y el barrio, y por supuesto los inolvidables primeros años de un amor incondicional que conservo hasta la actualidad: el amor por los libros.

Asimismo, mi pasión literaria era acompañada por una melomanía natural, un interés insaciable por empaparme del material de grupos de rock emblemáticos, así como de las propuestas emergentes en la escena independiente de la música. De esta manera, tanto la música como la literatura fueron durante estos años un escape de mi realidad inmediata; por un lado The Doors, The Beatles, Pink Floyd, Led Zeppelin, y por otro Poe, Lovecraft, Kafka, Verne removían en mi ser tejidos que me incitaban a cuestionar constantemente los paradigmas de mi entorno, lo cual siempre he interpretado como el germen de mi filosofía humanista pero que también me ha convertido en un sujeto más sensitivo que el promedio de las personas, con una propensión latente a experimentar sucesos que no concuerdan con el orden de la cotidianidad.

Concretamente, el ciclo fantástico comenzó cuando iniciaba el último año de preparatoria en una escuela diferente a la que había arrancado esta fase educativa, determinada por mi pobre desempeño académico a causa de la apatía y desanimo que me afectaban en esa época. En fin, esta nueva etapa inició de manera incierta con todos los factores y agentes involucrados, pero con una integración gradual alentada por los contenidos humanistas de las asignaturas, enfoques que al momento me abrían campos de visión y perspectivas refrescantes para mi ser vapuleado anteriormente por el sistema. Debido a esta reformulación del ambiente educativo, la reinserción en este entorno fue progresiva; parecía que lo que conocía como ‘escuela’ volvía a cobrar sentido y ello me encaminaba a un bienestar psicológico aparentemente imperturbable.

Sin embargo, todo cambió durante esa semana de octubre que jamás olvidaré. El lunes asistí al colegio como dictaba el orden habitual: me levanté a las seis de la mañana, desayuné, tomé el transporte público, llegué y atravesé el portón de acceso a las 6:55 am, pues la primera clase empezaba a las 7 de la mañana en punto, la cual tuvimos con regularidad, seguida del resto de asignaturas que comprendían el horario del día. Desde el transcurso de las primeras horas percibía un ambiente enrarecido, desde el tono de los maestros, la actitud de mis compañeros, el clima nebuloso del exterior, e incluso el aire que se respiraba en el aula, todo lo que me rodeaba estaba permeado de una rareza indescriptible que vaticinaba la mezcla de dos mundos: el material y el alucinante.

Por esta serie de factores estaba convencido de que no era un día convencional, es decir, como a los que estaba acostumbrado desde mi reinserción, pues los acontecimientos hasta el momento sucedidos no concordaban con el orden de la normalidad correspondiente, y lo más intrigante era el desconocimiento del trasfondo de aquella alteración. Durante la última asignatura del día, no pude evitar reflexionar sobre el asunto con gran devoción hasta llegar a un estado de abstracción exacerbado; la plática y los temas de la clase pasaron a un segundo plano que me resultaba distante y ajeno debido a mi cavilación concentrada. Empecé a cuestionarme a qué se debería esa irrupción anormal en mi espacio rutinario, y mientras lo analizaba surgían uno tras otro motivos -cada uno más inverosímil que el anterior-, por lo que lejos de esclarecer la situación mi mente empezó a divagar sin rumbo.

La jornada escolar finalizó y yo no podía abstraerme de mi ensimismamiento, pues las ideas sobre todo tipo de cuestiones extrañas rondaban en mi cabeza. Una vez iniciada mi retirada de la escuela, apenas había avanzado tres cuadras cuando un carro pitó tenuemente tres veces, sonidos que indudablemente eran dirigidos hacía mi con la intención de acercarme al vehículo; diversos pensamientos pasaron por mi mente: un secuestro, algún pervertido persiguiendo menores, un carro fantasma, etcétera. La incertidumbre del acontecimiento despertó en mí relativa curiosidad, pues sólo una cosa era cierta: ese coche estaba llamándome y esperaba mi acercamiento.

El suceso demandaba entereza de mi parte y actué en correspondencia; sin titubeos ni pretendiendo temeridad decidí atender el llamado, pues hubo algo en la situación que me transmitió un atisbo de confiabilidad. Mientras me acercaba al vehículo, los latidos de mi corazón se aceleraron y la incertidumbre se incrementaba exponencialmente; creo que previo a la revelación de la naturaleza del encuentro estuve al borde de un colapso nervioso, consecuencia de mis emociones reprimidas en búsqueda de escape. Finalmente, se esclareció ante mí la esencia del atípico llamado; me paré frente a una de las puertas laterales y conforme el cristal de la ventana bajaba mis ojos vislumbraron una imagen entrañable que habían añorado durante años: el rostro de mi madre.

El reencuentro fue catártico al instante, las emociones que hasta el momento habían sido contenidas se desbordaron sin control, desmesuradamente arremetieron la nostalgia, la alegría, la sorpresa, la incredulidad, se manifestaron de manera caleidoscópica; durante algunos segundos mi cognición se fragmentó por completo ante lo paranormal del suceso. Lo más estremecedor era la verosimilitud del encuentro, pues la escena que tenía frente a mis ojos atravesaba el umbral hacia lo real procedente de otra dimensión: un ser que ya no existía se materializaba con su corporalidad íntegra, con la misma forma que yacía en mi memoria, el mismo semblante carismático, la misma mirada pacífica, la misma sonrisa imperturbable, todos los rasgos que recordaba característicos de ella, y esta veracidad me dejaba atónito, sin saber cómo reaccionar ante la súbita experiencia, un limbo emocional que me dejó desorbitado.

– “Hola mi amor, te he extrañado mucho, ¿tú no?”-, fueron las primeras palabras pronunciadas por aquel ente paranormal que yacía frente a mí. – “Mmm claro que sí, cómo no habría de hacerlo si cada día me pregunto cómo sería mi vida si estuvieras conmigo”- fue mi respuesta sin pensarla demasiado. –“Lo sé mi amor, sé que me fui de repente, ni siquiera me dio tiempo de despedirme; creo que te debo una disculpa por eso. Pero aquí estoy, he regresado, y ya nunca más volveré a irme”, el encuentro me seguía demandando entereza y poniendo a prueba mi cordura, pero yo estaba decidido a develar el trasfondo del misterio. – “¿Y por qué tardaste tanto tiempo en regresar? Tantos años sin tu compañía han sido difíciles, te he extrañado cada minuto desde que partiste, y supongo que no sabes lo mucho que he sufrido todos estos años, porque, de otro modo, no entiendo por qué regresas hasta ahora”-, le dije intentando convencerme de que en verdad era mi madre la que tenía ante mis ojos.

La plática se prolongó durante horas con el coche en movimiento; al subir me dijo que me llevaría al lugar donde estaba viviendo para que fuera a visitarla cuando quisiera, lo cual me pareció buena idea para saber dónde poder localizarla. En el trayecto, la conversación consistió en dos roles discursivos: yo interpelándola con diversos cuestionamientos acerca de su ausencia, y ella explicándome el trasfondo que había detrás de la misma y de su repentina aparición ahora tanto tiempo después; no pretendía sonar inmaduro o insensible, así que permití que respondiera con solvencia y profundizará en su argumentación después de cada una de mis interrogaciones. Sin entender del todo por el escepticismo que marcaba mi perspectiva, escuché la disertación apológica de mi madre sobre los motivos que la orillaron a mantener su distanciamiento, razones que escapaban a mi entendimiento por tener una procedencia mística, y que gradualmente se revelarían como fragmentos de la fantasía experimentada.

Así, estas palabras lograron surtir efecto por cierta clase de hipnosis más que por lógica argumentativa, y el trayecto se convirtió en una experiencia onírica y surreal; incluso recuerdo que, al mirar por la ventana mientras transcurría la conversación, me eran revelados aspectos de la ciudad que nunca antes había percibido, generando la duda de si en verdad eran fragmentos urbanos nuevos o era el entorno de siempre modificado por mi estado de intriga mental; mis ojos observaban edificios y construcciones como nunca antes, generando un extrañamiento particular respecto a esta parte de la urbe que me resultaba ajena, dando la idea incluso de que era otra la ciudad en la que nos encontrábamos y no el lugar donde había crecido y vivido durante tantos años.

De cualquier modo, el viaje continuó hasta llegar al lugar mencionado, una cabaña ubicada en las afueras, apartada del ambiente citadino, un sitio que me transmitió una calma y una paz que nunca antes había sentido, propiciadas seguramente por el entorno natural que prevalecía, pues estábamos rodeados de vegetación. Al bajarme del carro, pude apreciar la belleza del ambiente, árboles que se meneaban en compás con el viento, el silbido de las aves cantando en sus copas, el sonido de un río que corría en la cercanía, en fin, un escenario orgánico pletórico purificador, completado con la mejor compañía, la que había anhelado durante mucho tiempo y que me brindaba un sentimiento de alegría que había decidido no dejar ir nunca más.

Sin mayor preámbulo, mi madre abrió la puerta y entramos a la casa, la cual emanaba un aroma reconfortante en cada una de sus piezas: un pasillo con cuadros de estilo postimpresionista -obras de Van Gogh entre ellos-, una estancia con muebles y chimenea rústicos, y en la que se encontraba un enorme librero con ejemplares antiguos y de colección -una edición única del Quijote destacaba en una de sus repisas-, una cocina con un horno de leña típico de casas de antaño y una alacena igual de anacrónica; para mí, un espacio hogareño de ensueño. Las recámaras también estaban compuestas acorde a esta estética vetusta que cobijaba al visitante con un entorno familiar, entrañable por su comodidad y su atmósfera que, al igual que el exterior, transmitía un aura de tranquilidad imperturbable.

Debido a este bienestar y a la fluida plática entre madre e hijo, las horas pasaron volando en la estancia; conversamos de todo un poco: mi desempeño escolar, la relación con mi padre, el ambiente familiar en casa, mis relaciones amorosas, mi rendimiento deportivo y más temas que le generaban interés a mi mamá y que, dirigido por la sensación de la experiencia, me resultaba grato abordar. Le conté sobre mis diplomas de la primaria, de Berenice, mi novia de la secundaria, el torneo de fútbol en el que habíamos participado con el equipo, la personalidad obtusa y chapada a la antigua de mi padre -que ella ya conocía, pero quería recordar con mayor claridad-, en fin, anécdotas y fragmentos diversos del transcurso de mi vida en su ausencia, retazos del lienzo traslucido que era mi existencia en este mundo desde su partida.

Después de una conversación prolongada durante horas, miré por la ventana y noté que estaba por anochecer, lo cual me hizo abandonar mi estado de abstracción enfocada en el diálogo y recordar que tenía que partir para no llegar tarde a mi casa. Le comenté que ya era hora de irme, y ella no pudo disimular su expresión de congoja ante mi partida, y a pesar de ello no dudo en ofrecerse para acompañarme y llevarme en su coche hasta donde pudiera tomar mi transporte sin dificultad, lo cual no dudé en agradecerle. Ya encaminados en el trayecto y antes de nuestra incierta despedida, le pregunté si volvería a verla, y ella respondió que eso dependía enteramente de mí, ya que si quería seguir viéndola no debía decirle a nadie sobre nuestro encuentro. -“¿Ni siquiera a papá?”, le pregunté con cierto escepticismo –“Absolutamente a nadie, principalmente a papá”, contestó tajantemente.

Llegado el momento al acercarnos a la parada del transporte, nos despedimos con un dejo de aflicción de mi parte ante el presentimiento desalentador que me agobiaba, lo cual hizo que me despidiera con la zozobra de pensar que sería la última vez que vería a mí madre. Ella me dio un beso en la frente y partió por la ruta de la que veníamos, y a medida que el vehículo se alejaba no supe determinar si se desmaterializaba o simplemente desaparecía de mi rango de visión, algo que sigo cuestionándome hasta la fecha; de cualquier modo, al momento no le tomé mayor importancia y abordé el camión para ir a mi casa y llegar ya entrada la noche. Mi ausencia durante toda la tarde obviamente generó interés, pues mientras cenábamos papá preguntó a dónde había ido después del colegio y, recordando las palabras de mi madre, decidí guardar silencio sobre lo ocurrido e inventé que había ido a hacer tarea a casa de un amigo; papá escuchó sin cuestionar más.

Sin embargo, la ansiedad por contárselo a alguien me consumía, quería desahogar el cúmulo de emociones que amenazaban con ser causa de un insomnio perturbador, por lo que, postrado en mi cama y pensando sin poder conciliar el sueño, decidí revelarle el acontecimiento a mi hermano, narración que duró aproximadamente una hora entre descripciones y detalles de la insólita experiencia. Por fin desahogado, traspasé el umbral de la vigilia sin la certeza de que mi hermano hubiera creído lo que le había contado, pero sí con la tranquilidad de haber sido escuchado por alguien sobre mi reencuentro con el ser amado en cuestión, sensación que me hizo sucumbir al sueño de forma inmediata y descansar como hacía tiempo no había podido hacerlo.

Al día siguiente desperté con un ánimo renovado, un talante altivo y convencido de que todo iría mejor a partir de ahora: la escuela, el amor, la relación con mi padre, en fin, todo. Así, este humor me hizo retomar la rutina con una actitud positiva y dispuesto a sacarle provecho a todo lo que se presentara, pues el destino me había dado un incentivo espiritual que había provocado un replanteamiento sobre lo importante de la vida, con la convicción de no dejarme abrumar por los tonos grisáceos imperantes y brillar con luz propia, fiel a mi nueva visión del mundo.

Con el ambiente rutinario normalizado, finalizó una jornada escolar más y yo escapé de ese lugar esperando tener otra recarga espiritual, así que, sin pensarlo mucho, me puse en marcha en el camión que supuse me llevaría al lugar en el que había experimentado esa paz incomparable del día anterior. Al ir sentado mirando por la ventana, las ansías por sentir nuevamente ese remanso de quietud labriega dominaban todo mi subconsciente, y desde antes de llegar mi mente ya había abandonado el cuerpo y se había transportado a aquel sitio purificador, por lo que el trayecto consistió en un juego introspectivo de los sentidos que recurría al desprendimiento corporal para su satisfacer su demanda sensorial; no obstante, al llegar al lugar fui recibido por un inesperado giro de la realidad.

Llegué caminando por la vereda de terracería que conducía a la cabaña, y mis expectativas prevalecían en sintonía con la experiencia del día anterior, pues el escenario exterior mantenía su aura orgánica pletórica. No obstante, al acercarme cada vez más a la casa pude percatarme de su estado descuidado, pues la construcción aparentaba abandono en lo desgastado de su fachada y el deterioro de su estructura, una soledad longeva que me transmitió un halo fantasmal y que me ubicó en plena frontera entre la realidad y lo sobrenatural. Determinado a investigar sobre este vuelco extraordinario, subí las escaleras del pórtico y llamé a la puerta de la morada, dándome cuenta que ésta se hallaba sin llave y de acceso libre al visitante, y al empujarla suavemente para ver hacia el interior, una brisa espectral me recorrió el rostro, dejándome helado de forma inmediata con el cuerpo petrificado por la impresión fantasmagórica.

A pesar de este contacto paranormal y con esa aura aun rondando en el lugar, superé mi temor impulsado por el instinto e ingresé a la estancia de la casa, debido a que mi curiosidad por revelar el trasfondo del fenómeno me incitaba a indagar aún más. Di unos cuantos pasos para adentrarme en la pieza principal, hice un paneo visual intentando identificar elementos que me permitieran estructurar una teoría sólida acerca del suceso extraordinario, cuando sentí -con plena seguridad de ello- un beso en la frente como si unos labios se hubiesen materializado para la acción, acompañado a su vez de dos palabras que traspasaron mi alma como un bálsamo sanador y que entendí eran la epifanía que inconscientemente buscaba: -“Adiós hijo…”; lo supe enseguida, la despedida que mi espíritu había anhelado por tanto tiempo se consumaba con esas palabras que todavía mantienen su eco como si estuviesen siendo pronunciadas.

Jorge Millán

Nacido en Coatzacoalcos, Veracruz, de nacionalidad mexicana, Jorge Millán es egresado de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Veracruzana. Ha publicado los textos Fantasma sin límites, Desdoblamiento onírico (cuento) y El minimalismo como arte narrativo… (ensayo) en las revistas Nudo Gordiano, Monociclo y Espora, respectivamente. Actualmente es jefe de redacción y creador de contenidos en la casa productora independiente Burrito Mood, considerada como una de las destacadas en el rubro cultural independiente de Xalapa, Veracruz.

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