Literatura Relato

Phan Thi Kim Phuc, la niña que vi correr

Márcia Batista Ramos

Cuando los naranjos daban fruta y sombra, era la época en que el invierno ladraba en las calles, entonces sentábamos a calentarnos al sol y a descascarar las naranjas dulces y jugosas. Era una especie de ritual de invierno y así como nos sentíamos, pensábamos que todos eran felices. El tiempo pasaba gota a gota, con cuentagotas y caía suavemente sobre la vida; tan suave, que daba la impresión de que la vida era bella y que sería eterna.

Por las mañanas nos contábamos los sueños, el tiempo parecía infinito y el algodón dulce de color rosado siempre me arrancaba una sonrisa. En los viajes, cantábamos viejas canciones que escuchamos a los padres y tíos cantar en alguna reunión.

En las noches nos gustaba recitar poesía o jugar con las sombras, que se transformaban en personajes y contaban sus historias divertidas, que seguían en nuestra mente durante el sueño placentero.

Los amigos llegaron y anduvimos el mismo camino, miramos las nubes del verano y descubrimos los diseños que nos dejaban. Porque no sabíamos de los otros mundos, de los mundos grandes que se desplomaban en guerras.

Un día, de uno de esos mundos grandes y llenos de bombas salió una imagen de una niña desnuda corriendo, ella se llamaba Phan Thi Kim Phuc. Ese día todos los adultos hablaron del Napalm.

Fue muy difícil para mí tratar de comprender la guerra, y mi padre me dijo que la guerra, era un lugar triste donde se mata y se muere. Entonces, preguntamos sobre la muerte, sobre la guerra, sobre los muertos, otra vez. Y por la mañana, no teníamos sueños para contar, nos habíamos olvidado de soñar. No pude entender, por qué Phan Thi Kim Phuc, corría desnuda. ¿Y su casa, su madre, su ropa?

Después de la notica con la imagen tan triste en la “Revista o Cruzeiro”, todo cambió. Poco a poco dejamos de cantar las canciones pasadas de moda, que habíamos aprendido de los padres y de los tíos. Ya empecé a cuidar los dientes y no disfruté más del algodón dulce, como una nube rosada.

Entonces el tiempo adquirió otro ritmo y sin querer, nos enterábamos de las virtudes y de las desgracias del planeta. Supimos que había un mundo grande, enfermo y malo. Que despiadadamente, mataba de hambre a los niños. Y no quise acercarme a esos espacios, donde pasean el dinero en cantidad y el poder ilimitado. No quise mirar por la pantalla chica las noticias y con el corazón estrujado, empecé a dejar gotear tinta sobre hojas blancas.

No estaba lista para comprender los infiernos y sus diversos niveles, que son construidos con las guerras. No me importaba que me criticasen por no enterarme de lo que pasaba en el planeta.

Lo que pasó es que no sabíamos, que el paisaje de la infancia un día cambiaría, ni que vendrían nuevos rostros, peor, extraños rostros frente al espejo. La verdad, es que no sabíamos muchas cosas, porque estábamos distraídos entre hacer volar una cometa y adivinar qué habría de postre.

Nuestro mundo era pequeño con revistas infantiles, álbumes de figuritas y algún paseo de fin de semana. Obviamente, que era imposible imaginarse espacios distintos como los mundos menores, llenos de mezquindad y girando en torno de un personaje infeliz que ni siquiera logra satisfacer su propio ego. Esos mundos, puedo identificar ahora e invariablemente, me sorprenden.

Porque no sabíamos que los juegos de “haz de cuenta” eran juegos de adultos frustrados y mentirosos, ya que las mentiras eran frases que no debíamos proferir; entonces, ahora los veo, los miro y muevo la cabeza pensando, ¿para qué?

Creo que engañarse a uno mismo es imposible, porque siempre hay una hora en el día, en que el silencio interno es interrumpido por nuestra conciencia que conoce nuestra verdadera Identidad, porque ella sabe: de la locura empedernida, de cada error cometido en el camino, de los vicios acicalados que cada uno quiere dejar en el armario, de la necesidad de un entorno mediocre para no sentirse tan desgraciado… y del miedo inmenso como una sombra que persigue eternamente.

Al igual que de los mundos muy grandes (con poder y guerra), trato de alejarme de los mundos muy pequeños que no tienen sabor a fresas o chocolate, porque es muy complicado y para hablar con mediocres, hay que elegir las palabras y soy demasiado espontánea, puedo equivocarme fácilmente.

Cuando llovía, me gustaba mirar por el vidrio de la ventana y ver como el agua milagrosamente caía del cielo, pero mi espanto mayor cuando escampaba, era ver la calle con sus paralelepípedos lavados, con un color oscuro brillante. Los tejados después de la lluvia, adquirían un aspecto renovado al igual que las paredes de las casas.

Lo que yo no sabía era que el agua de la lluvia bañaba con vida todo lo que estaba muerto en el mundo: los edificios, los trenes, los carteles, los carros…

Cuando entendí eso, mucha agua ya había pasado por debajo del puente, aun así, empecé a quedarme en la lluvia, para que ella me bañe con vida, porque ya existían muchos muertos, así como, muchas cosas muertas en mí.

De un día para el otro ya nada fue igual. Los amigos ya estaban muertos, se fueron sin despedirse y yo ya no quería tener premoniciones, simplemente porque esa mi maldita intuición, no se equivocaba.

Hoy, me cuesta creer en la magia de la vida. Observo mis manos arrugadas y no las reconozco, porque no me siento así, toda la piel se ha marchitado, pero no soy yo, es apenas una veste que se desgasta con el tiempo que pasa eufórico.

La verdad, es que no sé, en qué momento pasó tanto tiempo, ni cuando todos se fueron, dejando recuerdos como fotos amarillentas. Tal vez, me distraje conociendo países extraños, inmersa en cosas estériles o saboreando tres pececitos del mar del norte, lo más seguro, es que me entretuve con seres que no existen.

La cajita de música aun es la misma y llena el ambiente, por un momento. Me gusta, porque soy feliz, cuando acaba la música y guardo en la memoria, el momento como un tesoro. No pasa lo mismo con las personas, es muy distinto, porque se quedan más y más adentro, y cuando vienen a la superficie de mi mente, por un u otro motivo, duelen en mí. No logro detenerlas como la música de la cajita y mis lágrimas las llevan como un torrente para un lugar más adentro, al tiempo que las siento más lejos. Entonces, me desprendo de la memoria y me alejo de la saudade, pero la sal llena lo que falta del día, de la noche, de la vida y siento que ahora el tiempo es demasiado largo, aunque Phan Thi Kim Phuc siempre será una niña corriendo de la bomba de Napalm.

Márcia Batista Ramos

Márcia Batista Ramos, brasileña. Licenciada en Filosofía-UFSM. Gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en revista Inmediaciones, Bolivia, periodismo binacional Exilio, México, archivo.e-consulta.com, México, revista Madeinleon Magazine, España y revista Barbante, Brasil. Publicó diversos libros y antologías, asimismo, figura en varias antologías con ensayo, poesía y cuento. Es colaboradora en revistas internacionales en más de 14 países.

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Imagen de Olgaozik vía Pixabay.

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