Literatura Relato

Sara y el huésped

Por Gabriel Martínez Barre

Sara se detuvo a mirar el anuncio de «se busca auxiliar de limpieza» pegado al poste de la esquina. Había visto aquel anuncio aparecer y desaparecer en varias ocasiones, por última vez, hacía unas pocas semanas. Nunca le importó lo suficiente para leerlo, pero la curiosidad por la extraña insistencia del anuncio en ser renovado y el deseo de darle una pizca de variedad a esa típica mañana de compras en el mercado hizo que al fin lo hiciera. Se solicitaba a una joven con experiencia, responsable y de disponibilidad inmediata. Se decepcionó porque no era nada fuera de lo común. Lo único que le pareció interesante era el lugar de trabajo: Hotel Río Manso, cerca de su casa, por la intersección de la calle Boyacá con nueve de octubre. El empleo le interesó, pero no para ella, sino para cualquiera de sus compañeros de piso. Montón de vagos, dijo en voz baja. Y emprendió la caminata de vuelta a casa.

El lugar donde vivía Sara parecía haber sido diseñado para dar posada a vagabundos y drogadictos, puesto que el sitio era nada más un gran espacio vacío sin habitaciones ni cocina, solo contaba con un retrete y una regadera que parecían haber sido instalados a regañadientes por el dueño. Sus compañeros eran dos chicos y una chica que gastaban en ocio y drogas el dinero que le enviaban sus padres para sus estudios en la facultad de comunicación. Todos, a excepción de Sara, dormían sobre colchones apestosos echados sobre el suelo. No necesitamos lujos, solían decirle a ella, que era la única que gastaba su dinero en cosas útiles.

La cerradura de la puerta sonó y Alejandra ingresó al piso.
—Contigo quería hablar —dijo Sara.
—Si vas a hablarme otra vez de trabajos, mejor ahorra tu saliva porque no me interesa.
—¿Te gusta vivir en esta porquería de lugar?
—Peor es nada, querida. ¿Por qué no tomas tú el trabajo?
—Yo ya tengo uno.
—Me refiero a que puedes tener dos, Sara, no te hagas la tonta. Así ahorrarías más, ¿no es eso lo que quieres? Tener plata para viajar por el mundo.
—¿Es tu última palabra? ¿Ni siquiera vas a pensarlo? ¿Y el dinero?
—¡No lo necesito! —sentenció Alejandra.

Al llegar a casa, Sara no encontró a nadie. Sentada en su cama, reflexionó acerca de aquel empleo de limpieza en el Hotel Río Manso, sin duda se lo recomendaría a su compañera Alejandra, la única que, de vez en cuando, demostraba vestigios de madurez.

A la mañana próxima, Sara fue al Hotel Río Manso a preguntar si todavía estaba disponible el empleo. Si mis compañeros no lo aprovechaban, lo haré yo, pensó. Intentó recordar si había visto el hotel alguna vez, pero de nada sirvió, ya que este fue opacado en su memoria por otros hoteles de mayor tamaño, lujo y prestigio. Una vez que estuvo a una calle de distancia pudo verlo del todo. El tiempo había deteriorado tanto la fachada de hormigón que ya ni se molestaban en resanarla para disimular las grietas, la pintura estaba desprendida y los pilares temblaban con el veloz paso de los autobuses. Incluso a la distancia se podía percibir el fuerte olor a basura y cucarachas. Tenía diez pisos de alto, con ventanas grandes para compensar la ausencia de ventiladores o aires acondicionados. Junto a la puerta principal había un hombre durmiendo sobre cartones. No deben pagar muy bien, se figuró Sara; sin embargo, entró. Al cruzar la puerta principal halló, sentado frente a un escritorio, a Ángel, el recepcionista. Conversaron pocos minutos. En el hotel necesitaban a alguien con urgencia porque la auxiliar anterior abandonó el puesto de súbito. El pago no era mucho, ella no se sorprendió, recordó las palabras de Alejandra: Peor es nada. El trabajo era suyo, si lo quería, sentenció Ángel. Ella aceptó.

Según Ángel, la clientela del hotel estaba conformada, en su mayoría, por transportistas, viajeros de escasos recursos y parejas infieles. A Sara le disgustó que nada fuera de lo ordinario ocurría durante el trabajo, esto era así porque, cuando arribaba al Hotel Río Manso, los ocupantes de las habitaciones ya se habían marchado, y como nadie ingresaba al hotel en las mañanas, se tornaba difícil que pudiera ver caras nuevas.

A pesar de ser la única encargada de limpieza y de la ausencia de ascensor en el edificio, Sara se acostumbró a acabar siempre temprano con sus labores.

Al final de la segunda semana, Ángel le encargó otra habitación más, la cual parecía no tener nada de especial. Cuando entró, Sara encontró la cama desordenada, y encima de esta, una maleta. Nada fuera de lo normal, se dijo. Dirigió su mirada junto a la cama, había una pila de libros. Aquello le pareció curioso, pero en ese momento no le dio importancia. Después de limpiar abandonó la habitación.

Camino a casa, Sara se arrepintió de no haber cedido ante su curiosidad y revisado los libros. Estuvo intrigada el resto del día imaginando al huésped de esa habitación. Se entristeció al explorar la posibilidad de que quizás jamás lo conocería, que, para mañana, tal vez la habitación se habrá desocupado. Decidió que el día próximo llegaría más temprano al hotel con la esperanza de cruzarse con aquel huésped antes de que dejara del edificio.

Madrugar, de poco le sirvió a Sara. Pudo ver a unos pocos huéspedes: camioneros y hombres cuyas mujeres los mandaron a la calle, pero no a quien quería ver. Posó su oído en la puerta y no escuchó nada. De seguro duerme, pensó en aquel momento. Esperó entusiasmada a que alguien saliera de la habitación de los libros. La emoción se fue apaciguando poco a poco hasta que llegó la hora de irse a casa.

A la mañana siguiente, Sara tocó la puerta, y al no recibir respuesta, entró sin escrúpulo alguno. No había nadie. Pero se alegró porque los libros seguían ahí. Echó un vistazo; eran novelas y cuentos fantásticos. Ejemplares tan viejos como el hotel. Sobre el velador encontró una hoja de papel arrugada con una frase escrita: «Ella perdió de vista la ruta escondida en tierra de castillos y covachas; deseó que le quitaran el velo». Sin importarle que el huésped pudiese entrar, Sara se sentó sobre la cama para pensar en lo que acababa de leer. Construyó en su cabeza la imagen de una mujer extraviada, buscando su camino en un escenario que bien podría pertenecer a cualquier ciudad latinoamericana, un entorno en el que coexisten el lujo y la pobreza. Además, reconoció esas pocas palabras como algo incompleto, como un fragmento de algo más grande y que sin duda le interesaba conocer. Releyó varias veces el papel con el fin de memorizarlo. No se atrevió a robarlo, lo dejó donde lo encontró y abandonó la habitación.

A los pocos días, mientras Sara desempolvaba unas cosas, la invadió una certeza que antes jamás había sentido. No sabía por qué, pero estaba segura de que el huésped debía ser un fantasma o algo parecido, un ente que siempre está ahí y que no siempre se deja ver, y no solo eso: presintió que sobre el mismo velador se encontraba ya la continuación del texto que antes empezó a leer. Ingresó al cuarto sin sutilezas y observó, a unos metros, el mismo retazo de papel arrugado, esperándola, con el único cambio de que ahora contenía más palabras. Esto le pareció excitante. Las nuevas palabras fueron: «El sol ha caído y nada distinto ha pasado, la cochambre mantiene su hedor a ilusiones». Reapareció la mujer en su mente, rodeada por la parte pobre de la ciudad, solo que ahora parecía estar buscando bondad entre la maldad.

Sara sabía que no es bueno confiar en las primeras impresiones porque estas son inocentes y tienden a la equivocación, pero le gustaba el modo en que las frases escritas por el huésped iban formando cierta historia en su mente. Comenzó a vivir anhelosa, esperando ser sorprendida en cualquier momento por la continuación de la historia, hasta el punto de someterse a la voluntad de su propia impaciencia.

La tercera parte del texto no tardó en aparecer: «Tendrá que atravesar el final, el muro que se levanta donde la ciudad termina». Al concluir esa parte de la lectura, Sara no pudo proyectar nada dentro de su cabeza. La preocupación que sintió por eso no tardó en transformarse en decepción hacia ella misma. Odió su incapacidad para entender. Tuvo miedo de no llegar nunca a saber lo que quería expresar el huésped.

La curiosidad y la incertidumbre mortificaban a Sara. Pasó una semana y no había recibido la continuación del texto. Creyó que esto se debía a que la tercera parte no causó ningún efecto en ella, y el huésped, de algún modo, lo sabía.

La espera siguió, pero eventualmente, Sara se rindió. Dejó de importarle la habitación: si estaba vacía u ocupada, el etéreo huésped, y la idea de que las frases que había leído hasta ahora ocultaban un mágico desenlace que nada más ella podía descubrir.

Llegó un día en la que Sara quedó encargada del hotel debido a la ausencia de Ángel. Esto no le preocupó porque el lugar estaba limpio y todas las habitaciones se encontraban desocupadas. En el Hotel Río Manso reinaba la tranquilidad. Nada más se podía oír el silencio.

Sara estaba aburrida, miraba hacia la nada cuando de pronto oyó un golpe seco contra el suelo. Parecía provenir del primer piso. Subió enseguida, despreocupada, imaginó que algo debía haberse caído por el fuerte viento. Al acabar los escalones y mirar hacia el pasillo atestado de puertas quedó paralizada. Había alguien saliendo de la habitación de los libros. Era un cuerpo alto y delgado vestido de traje. Lo vio acomodarse la leva y el sombrero antes de dar vuelta hacia donde estaba ella. Sara se escondió. Sintió miedo, pero rápidamente, el miedo pasó a ser emoción. Decidió encarar al huésped, pero encontró el corredor vacío. Entró a la habitación, ahora no había nada. Se asomó por la ventana y lo vio de pie en la esquina. ¿Cómo llegó hasta allá? ¿Saltó por la ventana? Se preguntó. Salió con rapidez a la calle dejando el hotel desatendido. El huésped caminaba hacia el sur. Por cuadras y cuadras lo siguió. De repente, aquel cuerpo trajeado se detuvo y por varios segundos se mantuvo así. Entonces, sin saber por qué, Sara supo que debía ubicarse junto a él. Se le acercó. Temió mirar a su cara por lo que miró en dirección opuesta. A lo lejos vio una inmensa construcción. Luego de acumular valentía, se atrevió a mirar al huésped, pero ya no estaba. Pensó en él y su texto y se preguntó cómo termina.

Desde lejos, la gran construcción parecía una barrera para aislar la ciudad del exterior. El fin de la ciudad, pensó ella. Sonrió y comenzó a caminar hacia allá.

Nunca se volvió a saber de Sara. Quienes la vieron por última vez aseguraron haberla visto deambular cerca de donde se está construyendo el nuevo estadio de la ciudad, ensimismada, cual soñadora despierta.

El anunció de «se busca auxiliar de limpieza» ha vuelto al poste de siempre.

Gabriel Martínez Barre

Gabriel Martínez Barre (Guayaquil, 14 de febrero de 1992). Es Ingeniero mecánico (ESPOL, 2015) y Máster Universitario en Ingeniería Mecánica (UPV, 2020).

Fue uno de los ganadores del IV Certamen Literario “Orellana lee” organizado por MACCO-EP del Ecuador. También fue uno de los ganadores del Concurso “Derivas Urbanas” organizado por el Festival de Narrativa de Bahía Blanca de Argentina.

Cuentos suyos están por publicarse en la antología de Mar de Tinta – Edición creativa de México. También participará en la antología que desarrollará Plétora editorial de México.

Ha publicado en la Revista Literaria Pluma de Argentina y Elipsis de Colombia.

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Imagen de la cabecera de Gabriel Martínez Barre

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