Cine Ensayo

“Threads” o la reflexividad de la sociedad posindustrial.

Catástrofe nuclear

Por Gastón Caglia.

Cuando era niño allá a fines de los ochenta, por un descuido de mis padres pude ver una cinta en una vieja video que teníamos en mi casa. Se trataba de un film de ficción del año 1984, “Hilachas” (el título en español, “Threads” en inglés). Este film dejó profunda impresión en mí. Hay que recordar que si bien por esos años agonizaba la U.R.S.S., el mundo bipolar todavía estaba vivo o dando sus últimos estertores. Eran épocas de la “guerra fría” y en consecuencia de potenciales conflictos bélicos nucleares a escala global.

La película está filmada, como en lo que años después se pondría de moda, es decir, con el formato de documental ficcionado. En él se relata la vida de una joven pareja que debe hacer frente al embarazo no deseado de la muchacha. Todo ello en un contexto de lo más sombrío, pues el mundo comienza a colapsar cuando fuerzas soviéticas (los malos) invaden Irán. En ese momento los E.E.U.U. -junto con la OTAN (los buenos)- decide responder militarmente, por lo que se inicia una escalada de violencia con armas nucleares de corto alcance.

En Gran Bretaña comienzan a tomar medidas para afrontar la situación organizando a los gobiernos locales para el aprovisionamiento de alimentos, medicamentos y grupos de socorristas. Con el transcurso de los días y casi de imprevisto la sociedad comienza a tomar razón de la gravedad de los acontecimientos, pero las cartas están echadas.

Gran Bretaña es uno de los primeros países afectados por la guerra nuclear mundial. Así, la protagonista, Ruth, deberá afrontar su embarazo en ese presente apocalíptico en donde las bombas nucleares comienzan a caer en su país, y en todo el mundo, por lo que se puede entender después.

La película, cabe decir, es descarnada en extremo para la época de su estreno. Hay imágenes de cadáveres y gente mortalmente quemada. Por la hambruna la gente hasta come roedores. Por todos lados se ve muerte por radiación, destrucción y una desorganización total de un gobierno que ya casi no existe más. Sólo actúan algunas milicias un tanto autónomas y sin control de un poder central que no saben a quien obedecer ni qué hacer.

El film es aleccionador al tocar todas las aristas posibles de un futuro post guerra nuclear: hambre, gente gravemente enferma y herida, clima inhóspito, vandalismo, desmoralización y desorganización social con la consiguiente destrucción de la sociedad moderna y finalmente el fin de la civilización tal como la conocemos.

A diferencia de otros filmes con la misma temática que en ésta, el director, Mick Jackson, proyecta los posibles efectos de una guerra nuclear a escala global quince o más años hacia delante. En ella se puede ver el fin de la civilización como la conocemos hoy o el fin de la humanidad al perecer animales, vegetales y provocarse la esterilidad de todo lo que en un momento tuvo vida. Así se pueden ver a colonias de personas al filo de sus posibilidades físicas y mentales luchar contra la tierra yerma para poder extraer unos granos de ella.

Ese futuro, el de 1984, es el de la “guerra fría”. Todavía no llegó y las posibilidades de que ello ocurra están cada vez, quizás, más lejos. Pero, siempre hay un pero, ese final nuclear abre una ventana, en este primer cuarto de siglo, a un fin del mundo más cercano al bio-apocalíspsis.

Aquellos eran los miedos de una época pretérita pues en definitiva la ciencia ficción o las hipótesis de futuros posibles no hacen más que hablarnos sobre nuestro presente. En ese caso es el presente de la “guerra fría”, es decir, de los miedos de ese presente. Hoy, los miedos vienen por otro lado, lo estamos viviendo, donde algunos conspiracionistas arguyen que este tema del Covid no es nada casual.

Esta ficción nos dice que en 1984 íbamos por mal camino, aunque si bien estábamos lejos de la “Crisis de los misiles” de octubre de 1962, el sabor que queda en la boca es el de saborear de cerca otro nuevo futuro postapocalíptico no nuclear.

Posiblemente el director del film proyectaba el porvenir de ciertas características de la sociedad actual como una alarma de advertencia; en congruencia con esto podemos decir que dos años después tuvimos el desastre de “Chernóbil” y el “Challenger”. Dos grandes fracasos para la humanidad.

En ese mismo año se publicaba un libro de Ulrich Beck, “Sociedad de Riesgo” en donde sienta las bases de sus ideas principales:

  • Los riesgos (no los peligros) causan daños sistemáticos a irreversibles a nivel mundial;
  • La lógica del reparto de los riesgos sigue el camino de la desigualdad social estructural;
  • Se produce un retorno a la incertidumbre: el riesgo es impredecible y si se puede predecir no hay nada que lo pueda detener.
  • Éstos se desarrollan en la sociedad industrial que es super-reflexiva y que no puede dejar de interrogarse por esos problemas que introduce la modernidad y que, como los sistemas expertos que no podemos controlar y que dominan nuestras vidas, nos generan un gran malestar interno.

Si en esos años todavía temíamos a la tercera guerra mundial o a los problemas ambientales propios de la radiación, “Threads” es un film antibelicista, un grito sin temor a la vergüenza, una hipótesis de conflicto que hoy ha quedado reservada para los libros de historia, pero que enfrenta nuevos problemas y las soluciones pasan por esos sistemas expertos que de un momento a otro pueden desquiciarse como se desquician al fracasar quienes debían evitar ese conflicto armado a escala global.

Los males del ayer evidentemente no son los de hoy. Las “viejas incertidumbres conocidas” de antaño han sido reemplazadas por las “modernas incertidumbres inciertas”. No llegó “el fin de la historia” de Fukuyama. Ayer el enemigo tenía otro color de piel, hablaba otro idioma y tenía otra religion, hoy estos son reemplazados por quienes son idénticos a nosotros, mimetizados en nuestra sociedad, delincuentes informáticos, falsos profetas, biólogos, etc. El enemigo duerme dentro de nuestra casa, también está en la web cada vez que nos conectamos.

Las hiperreflexibidad de esta modernidad nos llena de temores a lo que puede venir, no una guerra nuclear, sino un enemigo con el rostro velado, tal vez tan pequeño como un virus. Un enemigo que ni siquiera él mismo sabe que lo es, como por ejemplo quien manipula una central nuclear, un avión o produce medicamentos o alimentos transgénicos.

A la par, y como plantea Z. Bauman en “La sociedad sitiada”, hay cada vez más una distancia entre el ver-saber-actuar. ¿Por qué? Porque el ametrallamiento de imágenes de los medios de comunicación puede coartar nuestra asimilación de verdaderos conocimientos. Y a su vez, es imposible hoy sostener con honestidad intelectual que uno ignora lo que está pasando en el resto del mundo. Así se establece el binomio entre los que hacen el mal y los testigos.

Todos somos testigos, a la par que somos menos tolerantes a los males que provocan esos malvados. Malvados que en líneas generales, antes podían provocar el mal hasta donde llegaban las balas que disparaban sus armas, pero que hoy sus acciones pueden ser a escala global.

¿Cuáles son los miedos de nuestro presente? El sufrimiento y las miserias diarias, el sufrimiento que vemos por tv, pero que cuando nos hastía nos permite cambiar impunemente de canal. Somos cada vez más intolerantes contra los males que vemos a diario, pero no actuamos en consecuencia. El derretimiento de los hielos, los alimentos transgénicos, la trata de humanos, etc. Cuando nos cansa, cambiamos de canal. Así, literalmente hemos asesinado a la empatía, hasta que entramos en el 2020.

En todo caso hablamos de la desesperanza, de la pérdida de la fe, tan terrible o devastador como un holocausto nuclear que pueden ser similares a la falta de horizontes claros.

Finaliza la película, como corresponde a los miedos de la época, con un mundo similar a la Edad Media, con una generación deformada por la radiación y totalmente degradada por las condiciones reinantes en donde ni siquiera pueden articular palabras o frases enteras, es la barbarie que se impone por fuerza de la radiación.

¿Cómo finalizaría nuestra película, nuestros peligros, actuales con la violación de nuestra intimidad, con el manejo de la información o con un virus que no dominamos?

Gastón Caglia

Gastón Caglia tiene 44 años, es ajedrecista aficionado, escritor y abogado. Actualmente reside en la provincia de Santa Fe, Argentina.

Escribe microrrelatos, cuentos y relatos policiales, costumbristas, de horror o de ciencia ficción. Algunas cosas que ha escrito se encuentran publicadas en: https://www.wattpad.com/user/FelipeBochatay.

Ha publicado en revistas electrónicas como también en algunas compilaciones de cuentos y relatos en libro formato papel. Asimismo en www.iberoamericasocial.com publica ensayos y notas enfocadas en las ciencias sociales, historia y sociología.  

Imagen de cabecera de Alexander Antropov.

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