Literatura Relato

Una fábula oriental, de Eder Elber Fabián Pérez

Un relato oriental

Ante todo, importa señalar que la historia me fue revelada por un joven vendedor de telas iraní. Debe saberse que a través del tiempo la leyenda ha sido modificada a gusto de quien la cuenta; empero, tanto la esencia de las acciones como los nombres de los personajes aún perviven. En la región conocida como Daraberd, vivió un monarca llamado Ardaván quien gobernaba bajo estrictas leyes, una de estas normas declaraba que todo hombre, mujer o infante debía dirigirse hacia el monarca siempre de manera respetuosa. Si el rey salía de su palacio a la ciudad, todos los habitantes debían inclinar la cabeza, mirar al suelo y exclamar en voz alta: “Alá grande y poderoso, otorgue muchos años de vida al Shahanshan”.

Todo aquello que deseara el rey le debía ser otorgado, aquel que desobedeciera era castigado por órdenes del monarca quien se deleitaba con la agonía de los díscolos. La noticia sobre la crueldad del emperador atravesó los pueblos aledaños, varias fueron sus víctimas, entre ellos rebeldes, bandidos, ciegos y alguno que otro comerciante. Empero, eran los extranjeros quienes caían con más facilidad en los castigos dictados por Ardaván al desconocer su ley.

Según se sabe, una tarde un hombre llamado Saddam llegó a la región con la intención de orar en la mezquita y comprar algunos productos. Gracias a un mercader pudo conocer como debía comportarse frente al sádico monarca. Poco le importó esto al extranjero, quien quizás por casualidad o por designio divino se encontró con el rey frente a la mezquita. Como era de esperarse todos los pobladores siguieron la tradicional muestra de aprecio hacia su soberano, siendo Saddam el único en negarse a seguir la ley. Ante esto Ardaván preguntó al extranjero:

—¿Por qué te muestras irrespetuoso frente al hombre que puede perdonarte la vida o bien acabar con ella? — A lo que Saddam respondió —En mi acto no encuentro ninguna señal insolente, en cambio tú si has ofendido a un hombre que puede definir tu destino.

Frente a esto Ardaván mandó capturar y encerrar al extranjero. Luego de ello el monarca dictaminó el castigo para Saddam. Para asegurase que ningún otro hombre se mostrara renuente ante sus normas, Ardaván envío a que uno de sus ayudantes pronunciaran en alto la condena imputada: “Mañana a media tarde, el hombre que ofendió a nuestro amado monarca perecerá entre las llamas” Al enterarse de su destino Saddam exclamó:

—Mañana seré puesto en libertad y dejaré por mi propio pie este palacio.

Al escucharlo, Ardaván no pudo sino reír por las absurdas palabras dichas por aquel extraño. De inmediato, el monarca ordenó flagelar a Saddam con la intención de callarlo. Así, después de disfrutar del castigo otorgado al forastero, el monarca se dirigió a sus aposentos aguardando por el fatal destino del extraño.

Esa noche el rey soñó con un palacio diez veces más fastuoso al que poseía. Con bestias y aves que en su grandeza y hermosura terminaban por humillar a las suyas. Frente al palacio, la gente reunida entonando alabanzas y bendiciones para el soberano. La curiosidad del monarca lo llevó a penetrar en la residencia, ahí encontró el trono meritorio de un soberano celestial. Momentos antes de tomar el aposento Ardaván percibió una voz que le resultaba conocida. Frente a él, se encontraba aquel hombre que habría de morir por la mañana. La mirada de Ardaván se mostró desconcertada ante tal hecho, de inmediato el hombre fue capturado por los guardias de Saddam, quien dirigiéndose al cautivo reveló:

—Ahora te encuentras en mi reino, aquí tu ley vale lo mismo que ese grano de arena bajo tu pie. Según tu código, fui irrespetuoso al no someterme ante tu faz, por ello he sido humillado, golpeado y condenado a muerte. Ahora te encuentras frente a mí y lo cierto es que has cometido una falta grave. Si así lo deseara podría terminar con tu vida.

Frente a las palabras de Saddam, Ardaván guardó silencio esperando por su trágico fin. Saddam envió por tres copas de oro con el mejor de los vinos que poseía. Presentándolas a su invitado explicó:

—En este momento tu vida ha sido repartida en tres partes, una para Alá, otra para mí y otra para ti, estas tres copas representan cada una de ellas. He dispuesto que en una, la que me pertenece se pusiera veneno, si eliges esa perecerás. En cambio si optas por alguna de las otras vivirás y de inmediato te pondré en libertad.

Ardaván se detuvo a contemplar las copas notando que en ellas tanto el aroma como el color del vino eran asimiles ¿Cómo saber entonces cual definiría su destino? Sin detenerse a meditar la situación decidió tomar la del centro, a su parecer la única que podría preservar su vida. Luego de haber bebido el último sorbo Ardaván sintió como sus párpados se cerraban, en ese momento pensó “La muerte me ha atrapado” mientras tanto su cuerpo se iba desplomando de a poco en medio del recinto.

Tras unos segundo Ardabán consiguió abrir los ojos, descubriendo que aún se encontraba recostado en sus aposentos. Corrió hacia la ventana para contemplar el cielo, las aves y la luz de la mañana; empero, algo interrumpió su dicha. En la puerta principal de su palacio vislumbró la figura de su visir acompañado por el extranjero quienes salían del recinto. Ante esto Ardaván corrió para confrontar y detener a los hombres, colérico exigió a los guardias que arrestaran a los traidores. Pero estos ignoraron sus órdenes, prefiriendo adentrarse en el palacio donde de un momento a otro se escuchó gran tumulto.

El rey optó por abandonar su primer objetivo para dirigirse al lugar donde se había escuchado el desorden, su sorpresa fue mayúscula al ver que todos sus lacayos se habían reunido afuera de su habitación. Frente a esto Ardaván exigió las debidas explicaciones pero nadie pudo brindárselas. A cambio de eso, obtuvo expresiones de horror las cuales proliferaron en todo el lugar. La explicación para aquellos gestos se encontraba en la cama del rey, ahí, tendido yacía el cuerpo de un desconocido. Ardaván demandó que el cuerpo fuera retirado con premura, pero de nueva cuenta sus demandas fueron desobedecidas. Impaciente el rey se precipitó ante el cadáver con el propósito de sacarlo de ahí, en ese momento notó como el pálido rostro de aquel individuo no era otro sino el suyo. Horrorizado gritó y blasfemó en contra de Saddam, pero todo era en vano. Recordó las palabras proferidas por el hombre, tal como lo había augurado esa mañana el acusado había sido puesto en libertad, mientras que el rey quedaría cautivo, en el único lugar donde no existe salida alguna.

Segundos después su visir apareció, tornando la mirada hacía donde se encontraba el cadáver de Ardaván, pidió a todos los testigos abandonar la habitación con excepción del capitán de la guardia. Ya solos conversaron sobre lo ocurrido:

—¿Liberaste al extranjero?— preguntó el capitán.

—Así es, sólo poniéndolo en libertad podríamos garantizar el bienestar de nuestro pueblo, nunca debió de haber sido castigado.

—¿Y dijo otra cosa antes de marcharse? — Volvió a preguntar el oficial.

—Frases sin sentido— respondió el visir—. Algo así como que sólo el pasado es nuestro, mientras que nuestro presente depende de otros hombres y nuestro incierto futuro le pertenece por completo a Alá. Aquellas palabras que para los hombres resultaban incomprensibles, carentes de lógica e inservibles, para Ardaván eran la solución del enigma propuesto durante su sueño por Saddam, comprendió que si hubiera meditado mejor todavía conservaría su vida, pero ahora su destino ya no le pertenecía, ni tampoco a su enemigo, todo quedaba bajo el designio de Alá.

Eder Elber Fabián Pérez

1992, Ciudad de México, México.

Es estudiante en la Universidad Autónoma Metropolitana en Iztapalapa, Forma parte del cuerpo editorial de Cardenal Revista Literaria.

Ha publicado poesía en revista De-Lirio, Tlacuache, en Buenos Aires Poetry, en Revista Hispanoamericana de Literatura y en Poesía entre Neón. Ensayo en la revista El Comité 1973, Círculo de Poesía y en Cardenal Revista Literaria. Además de cuento en la revista Campos de Plumas y en Vertedero Cultural.

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Imagen de cabecera de OpenClipart-Vectors.

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