Literatura Relato

Jaime, el mataautores, de José A. García

Un mundo de libros

La casualidad le llevó a creer que cuanto le sucedía era real. Al menos se acercaba lo suficiente a la realidad como para que el propio Jaime pensara de ese modo. Claro que el principio, como sucede con todas las historias, fue bastante confuso ya que, a decir verdad, no era lo que se dice un lector asiduo de autores contemporáneos. Siempre había preferido a los clásicos, en ediciones más o menos económicas, más o menos llamativas, más o menos de colección. Lecturas que le generaban un placer que creía imposible de encontrar en autores más cercanos; por eso los esquivaba, como si se trataran de enfermos a los que mejor ni acercarse por temor al contagio, a una infección, o alguna otra cosa peor.

Como no podía ser de otro modo, este tipo de ideas provenían más que nada de su propia ignorancia en cuanto a teoría literaria, movimientos de vanguardia, operaciones publicitarias, menciones en las redes asociales y asistencia a reuniones culturales. Lo sabía, o al menos lo intuía, pero en poco le preocupaba.

La situación cambió, ya que de otro modo no tendríamos una historia para contar, el día en que, como al pasar, le fue recomendada la lectura de los cuentos de Augusto Monterroso. Eran finales del año 2002 y solo dos meses más tarde pudo hacerse con un libro del hondureño.

Promediaba su lectura cuando lo sacudió la noticia de la muerte del autor.
Regresó, luego, a la lectura de sus clásicos hasta que una portada extraña, poco llamativa pero sugerente en sí misma, atrajo su atención en una de las librerías que siempre visitaba. Era julio del 2004 cuando la primera novela del uruguayo Mario Levrero cayó en sus manos.
La noticia de su fallecimiento llegó poco, muy poco, después.
Eso ya no parecía ser una casualidad. Más que nada cuando para su cumpleaños, en julio de 2007, le regalaron uno de los últimos libros publicados por Roberto Fontanarrosa, que comenzó a leer esa misma noche.

La misma noche en que Fontanarrosa nos dijo adiós.
Al día siguiente el miedo, la confusión, la sorpresa, la incomprensión, inundaron a Jaime en sucesivas oleadas. Una vez puede ser azar, dos veces una casualidad, pero tres ya no. La tercera vez era algo mucho peor, algo que debería explicarse de algún modo. No podía responsabilizar a la edad de los autores, o a sus respectivas enfermedades; allí había algo más. Algo peligroso, algo que era necesario explicar de manera urgente.

Principalmente luego de que comenzara a deleitarse con El Evangelio según Jesucristo días antes de la muerte de José Saramago y la leyenda de “Jaime el mataautores”, como le llamaban algunos amigos y conocidos, comenzara abiertamente a circular sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

La noticia viajó rápido, y si bien nadie podía acusarlo por la muerte de Roa Bastos, de quien nunca nada había leído, o de Cortázar, ni mucho menos de Borges o Bioy, otras muertes inexplicables y, claro, dolorosas, dentro del ambiente literario comenzaron a serle adjudicadas. Los rumores no dejaban de circular en un mundillo tan pequeño y, al mismo tiempo, tan lleno de egos, rencillas y disputas; de facciones enfrentadas debido a malos entendidos que podrían solucionarse con una simple charla, pero siempre es más fácil el odio y el desprecio entre las personas que comparten una misma pasión.

Comenzaron a llegarle, sin que el propio Jaime supiera cómo era posible que tanta gente tuviera su dirección postal, cartas con pedidos y ofrecimientos para que leyera la obra de tal o cual autor (de renombre o sin él, edito o inédito, hombre o mujer, nacional o internacional), a cambio de lo que él quisiera pedir por sus servicios. Supo así que los efectos de su lectura sólo parecían producirse cuando la escritura no le estaba dirigida de manera directa y personal; una carta a su nombre no implicaba la muerte del remitente, como sí lo hacía en el caso de los libros u otros escritos sin un destinatario específico. Un libro escrito para un hipotético lector se convertía, de esta manera, en un peligro en manos de Jaime.

Le ofrecieron cantidades ingentes de dinero, viajes a exclusivos paraísos vacacionales, mujeres más allá de la belleza habitual, cargos políticos, casas que ensombrecían a las mansiones de las estrellas del cine, así como otros tipos de propiedades, más dinero y muchas más mujeres. No siempre le resultaba fácil negarse, es cierto, pero, aún así, se veía obligado a hacerlo.
El ofrecimiento parecía ser mayor cuanto más grande era el odio de quien le escribía hacia quien era señalado como posible lectura para Jaime. Su habilidad lo había vuelto sumamente deseable para toda una calaña de personas que creen que solamente ante la muerte de su oponente podrían sentirse satisfechos.

A la muerte de Ernesto Sábato, en abril del 2011, le hicieron llegar tantos regalos en agradecimientos que ocupó toda una habitación de su casa con ellos sin siquiera pretender abrir uno solo. Él no era responsable de lo que sucedía, no podía serlo. No quería serlo. Quería que lo dejaran solo, que le permitieran seguir con sus lecturas, su trabajo, su vida anterior. El anonimato, en esos momentos, no se recordaba como algo tan malo.
Nadie parecía entender sus declaraciones en la prensa, la radio, la televisión, en las redes asociales. Todo lo que sucedía a su alredor era un error, y si no lo dejaban tranquilo porque se los pedía de manera amable, tendría que ser él mismo quien pusiera coto a tanta locura. La falta de respuesta a sus ruegos y diferentes pedidos le llevó a decidirse.

Comenzó a rastrear a la gente que le escribía. La mayoría de ellos resultó sumamente fácil de encontrar, en blogs más o menos secretos, así como en páginas similares en donde solían dar a conocer sus escritos. Por eso, cuando los encontraba, y luego de pedirles que dejaran de molestarlo sin obtener la respuesta buscada, comenzaba a leer lo que esa persona hubiera escrito, fuera donde fuera.

Como moscas rodeadas por una nube de insecticida, quienes solicitaran sus servicios comenzaron a caer uno tras otro. Fueron necesarios cien, mil, o más ejemplos, sin contar el tiempo desperdiciado en la lectura de tantas futilidades; pero, finalmente, luego de meses, Jaime recuperó la paz que supiera tener antes del escándalo producido ante el conocimiento de sus supuestas habilidades.

Y, si bien la justicia lo intentó, nunca pudieron demostrar que fuera responsable material ni intelectual de tantas muertes. En la mayoría de los casos, ni siquiera se encontraba en el mismo país (o hemisferio) que la víctima.

Cuando la novedad pasó, cuando su vida ya no fue noticia y alguna otra cosa la ocultó con su urgente primicia, pudo regresar, por fin, a sus libros, a su literatura clásica. Regresó, finalmente, a la seguridad de que los autores que leía estaban muertos, incluso, algunos de ellos, habían muerto mucho antes de su mismo nacimiento.

José A. García

José A. García (1983, Buenos Aires, Argentina) es escritor, guionista de historietas, blogger y profesor de historia.

Participa en diferentes publicaciones independientes de Argentina, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, México, Venezuela, con cuentos, artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes.

Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con Textosintrusos. Cree fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de nobleza.
web del autor: www.proyectoazucar.com.ar

Imagen de la cabecera de Nino Carè

Descubre nuestra sección de relatos >>

Impactos: 9

0 0 vote
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest
0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments
0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x